lunes, 3 de junio de 2013


En busca de doce historias


Ya he avanzado, ya he viajado hasta Europa y he dejado atrás mi país y con ella el encanto de Latinoamérica.
Me siento sola, ya nada es igual, el mundo ha cambiado, los edificios son cada vez más grandes, lo urbano es inmenso, espacio rural ya no queda, ya todo se ha acabado, quiero escapar, pero no puedo, debo ver lo que vine a ver, debo ver doce historias diferentes y de este continente  no me moveré hasta hacerlo.


                                         Europa posee edificios enormes

La patria es algo que nos identifica como personas, nos sentimos orgullosos si nuestro país es justo e igualitario. Pero ¿Qué sucede cuando somos exiliados? Y más aun ¿Cuándo somos exiliados luego de haber servido al país y a la patria como presidente?
Lo anterior es lo primero que vi al llegar a Europa, un presidente fue exiliado de su país, se vino a vivir a este lado del mundo y se siente solo. Lo quise ayudar pero no pude, no me atreví, ¿quién era yo para darle animo en este caso?, si yo más que nadie me sentía sola e indefensa en este lugar frio y para mi desolador.
Esta historia la dejé pasar, sin olvidarme de su final, el cual para mi, en aquel caso era el más justo. Solo le pude decir: “Buen viaje, señor presidente”.





Seguí avanzando, no podía detenerme, el compromiso conmigo misma de ver doce historias diferentes ya había comenzado y no podía, aunque quisiese, detenerme ahí.
En aquel preciso instante en el cual me encaminaba a seguir, me llamó la atención un hombre que caminada desconcertado y llevaba en se mano, sino me equivoco una especie de maleta de pino lustrada. Él caminaba sin un rumbo fijo, lo seguí, no podía dejar escapar, la que podía ser mi segunda historia. Cuando ya caía la tarde, recién comprendí que quería hablar con el Papa. Fue en aquel entonces que no pude mas de curiosidad y me acerque a él para preguntarle para que quería hablar con el sumo pontífice y para saber que llevaba en aquella maleta, que a simple vista parecía el estuche de un violonchelo. Pero no alcance, alguien más se me adelanto y curiosamente le preguntó lo mismo que quería saber yo. Me acerque un poco más para escuchar su respuesta, pero el viento de aquella tarde solo me permitió oír:”La santa”. Quise averiguar más pero la noche se acercaba, no sabía si irme y perder la historia o quedarme y congelarme en aquella fría noche.
Finalmente decidí lo último, no podía arriesgarme a enfermarme y perder un par de días, en los cuales debería estar en cama y no buscado una nueva historia para mi colección.
Esa noche fue muy extraña, al principio no podía dormir, pero luego dormí plácidamente, fue una de esas noches rara, en las cuales uno termina por dormir bien.
Y que bien dormí, al otro día me desperté a las 11:00 hrs y salí en busca de historias a las 13:00, caminé sin rumbo, teniendo la certeza de que iba a encontrarme con un nuevo suceso.
Caminé cerca de una hora hacia el norte, hasta llegar a un aeropuerto, entré sin dudarlo, ¿Qué mejor lugar para buscar historias? Me pregunté.
Allí me encontré con un amigo de la infancia, su vuelo estaba a punto de salir así que apenas nos saludamos, se fue, pero me prometió que al llegar me llamaría para contarme sobre su viaje.

Llegue a casa a las 17:00 hrs, se que ese día no hice nada interesante, pero me cansé porque tuve que caminar nuevamente a casa, y creo que me perdí un poco, porque como dije soy nueva en Europa y lo único que quiero es regresar a mi continente.
Al anochecer me llamó mi amigo y lo único que alcanzó a decirme fue viaje en: “El avión de la bella durmiente”.

Al otro día fui a almorzar a un restorán, al lado mío estaba aquel autor latinoamericano, al cual “le gustas cuando callas porque estas como ausente…” hablando con otro hombre, este le comentó a nuestro poeta: ella solo me dijo: “Me alquilo para soñar”


Estuve un tiempo sin encontrar historias y sin buscarlas, hasta que un día cuando pasaba por fuera de un edificio grande que tenía un aspecto tenebroso escuché el grito: “Solo vine a hablar por teléfono”.












Quise escapar muy rápido de allí, pero sin darme cuenta me encontré en las afueras de un viejo castillo, mucho más tenebroso que aquel edificio.
 En aquel momento una familia muy feliz ingresaba en aquel castillo sin suponer que sufrirían: “Espantos de agosto”.

Ya me faltan menos historias, solo la mitad para completar las doce y luego volver a mi tierra, que locura lo que estoy haciendo, pero ya comencé y no voy a parar hasta escribir la última palabra de la historia número doce.
Lo voy a lograr porque puedo y porque mi mayor anhelo es que ustedes lean estas historias ocurridas en el “nuevo continente” y que nos reencontremos algún día en nuestro querido lado sur de América.

1 comentario:

  1. BRI-LLAN-TE.

    Sólo eso puedo decir, te mereces un premio a la escritura creativa.

    ResponderEliminar