En busca de doce historias
Ya he avanzado, ya he viajado hasta Europa y he dejado
atrás mi país y con ella el encanto de Latinoamérica.
Me siento sola, ya nada es igual, el mundo ha cambiado, los
edificios son cada vez más grandes, lo urbano es inmenso, espacio rural ya no
queda, ya todo se ha acabado, quiero escapar, pero no puedo, debo ver lo que
vine a ver, debo ver doce historias diferentes y de este continente no me moveré hasta hacerlo.
La patria es algo que nos identifica como personas, nos sentimos
orgullosos si nuestro país es justo e igualitario. Pero ¿Qué sucede cuando
somos exiliados? Y más aun ¿Cuándo somos exiliados luego de haber servido al
país y a la patria como presidente?
Lo anterior es lo primero que vi al llegar a Europa, un
presidente fue exiliado de su país, se vino a vivir a este lado del mundo y se
siente solo. Lo quise ayudar pero no pude, no me atreví, ¿quién era yo para
darle animo en este caso?, si yo más que nadie me sentía sola e indefensa en
este lugar frio y para mi desolador.
Esta historia la dejé pasar, sin olvidarme de su final, el
cual para mi, en aquel caso era el más justo. Solo le pude decir: “Buen viaje, señor presidente”.
Seguí avanzando, no podía detenerme, el compromiso conmigo
misma de ver doce historias diferentes ya había comenzado y no podía, aunque
quisiese, detenerme ahí.
En aquel preciso instante en el cual me encaminaba a
seguir, me llamó la atención un hombre que caminada desconcertado y llevaba en
se mano, sino me equivoco una especie de maleta de pino lustrada. Él caminaba
sin un rumbo fijo, lo seguí, no podía dejar escapar, la que podía ser mi
segunda historia. Cuando ya caía la tarde, recién comprendí que quería hablar
con el Papa. Fue en aquel entonces que no pude mas de curiosidad y me acerque a
él para preguntarle para que quería hablar con el sumo pontífice y para saber
que llevaba en aquella maleta, que a simple vista parecía el estuche de un
violonchelo. Pero no alcance, alguien más se me adelanto y curiosamente le
preguntó lo mismo que quería saber yo. Me acerque un poco más para escuchar su
respuesta, pero el viento de aquella tarde solo me permitió oír:”La santa”. Quise averiguar más pero la noche se
acercaba, no sabía si irme y perder la historia o quedarme y congelarme en
aquella fría noche.
Finalmente decidí lo último, no podía arriesgarme a
enfermarme y perder un par de días, en los cuales debería estar en cama y no
buscado una nueva historia para mi colección.
Esa noche fue muy extraña, al principio no podía dormir,
pero luego dormí plácidamente, fue una de esas noches rara, en las cuales uno
termina por dormir bien.
Y que bien dormí, al otro día me desperté a las 11:00 hrs y
salí en busca de historias a las 13:00, caminé sin rumbo, teniendo la certeza
de que iba a encontrarme con un nuevo suceso.
Caminé cerca de una hora hacia el norte, hasta llegar a un
aeropuerto, entré sin dudarlo, ¿Qué mejor lugar para buscar historias? Me
pregunté.
Allí me encontré con un amigo de la infancia, su vuelo
estaba a punto de salir así que apenas nos saludamos, se fue, pero me prometió
que al llegar me llamaría para contarme sobre su viaje.
Llegue a casa a las 17:00 hrs, se que ese día no hice nada
interesante, pero me cansé porque tuve que caminar nuevamente a casa, y creo
que me perdí un poco, porque como dije soy nueva en Europa y lo único que
quiero es regresar a mi continente.
Al anochecer me llamó mi amigo y lo único que alcanzó a
decirme fue viaje en: “El
avión de la bella durmiente”.
Al otro día fui a almorzar a un restorán, al lado mío
estaba aquel autor latinoamericano, al cual “le gustas cuando callas porque
estas como ausente…” hablando con otro hombre, este le comentó a nuestro poeta:
ella solo me dijo: “Me alquilo
para soñar”
Estuve un tiempo sin encontrar historias y sin buscarlas,
hasta que un día cuando pasaba por fuera de un edificio grande que tenía un
aspecto tenebroso escuché el grito: “Solo vine a hablar por teléfono”.
Quise escapar muy rápido de allí, pero sin darme cuenta me
encontré en las afueras de un viejo castillo, mucho más tenebroso que aquel
edificio.
En aquel momento una
familia muy feliz ingresaba en aquel castillo sin suponer que sufrirían: “Espantos de agosto”.
Ya me faltan menos historias, solo la mitad para completar
las doce y luego volver a mi tierra, que locura lo que estoy haciendo, pero ya
comencé y no voy a parar hasta escribir la última palabra de la historia número
doce.
Lo voy a lograr porque puedo y porque mi mayor anhelo es
que ustedes lean estas historias ocurridas en el “nuevo continente” y que nos
reencontremos algún día en nuestro querido lado sur de América.

.jpg)
BRI-LLAN-TE.
ResponderEliminarSólo eso puedo decir, te mereces un premio a la escritura creativa.